La difícil situación de Grecia parece haber llegado a un punto de no retorno, especialmente desde el domingo pasado, cuando una manifestación en contra de la votación en el Parlamento de un nuevo plan de ajustes económicos derivó en una violentísima protesta. Durante el transcurso de la misma, un total de 40 incendios provocados por los manifestantes causaron la destrucción de casi 50 edificios en la capital del país, en Atenas.
Y, ciertamente, es comprensible esta reacción de los ciudadanos atenienses, que impotentes ante las durísimas restricciones impuestas desde Bruselas, han recurrido al vandalismo como medio desesperado para expresar su profundo rechazo a estos recortes. Aunque más que de recortes debería hablarse de hachazos, pues estas medidas aprobadas el pasado domingo supondrán, entre otras cosas, el despido del 10% de los empleados públicos o la reducción en un 22% de las pensiones y del salario mínimo.
Así pues, y a consecuencia de la crisis económica, Grecia se encuentra también sumida en una crisis social, pues estas medidas aumentarán aún más el número de personas que en el país heleno viven por debajo del umbral de la pobreza; una cantidad que actualmente supone nada más y nada menos que 30% de la población. Mientras tanto, la tasa de paro se acerca cada vez más al 20%.
Junto a esto, nos encontramos con una crisis democrática que tiene múltiples caras. Por un lado, Grecia es, a todas luces, un país gobernado por la Unión Europea, es decir, ha perdido su soberanía, con todo lo que esto supone. Por otro lado, encontramos unos partidos políticos totalmente deshechos y divididos. Deshechos porque son marionetas movidas por los hilos que maneja el eje Merkozy, y divididos porque ni siquiera dentro de las propias formaciones políticas griegas hay unanimidad de criterios. A tal punto han llegado las tensiones internas que los dos partidos mayoritarios se vieron obligados a expulsar a nada más y nada menos que 43 diputados por negarse a obedecer las directrices del partido tras la votación del pasado domingo.
Pero el aspecto más preocupante de esta crisis democrática es la alarmante disminución de la confianza de los ciudadanos griegos en las instituciones democráticas del país, y en la democracia en sí. Este desprestigio, que no es únicamente cosa griega, ha sido en ocasiones provocado por la propia Unión Europea, con su suma intransigencia y con la promoción de gobiernos de tecnócratas que no han pasado por el filtro de las urnas, como es el caso del presidente italiano, Mario Monti. Admitir que la democracia no puede, en ocasiones, elegir a dirigentes capaces de solventar situaciones económicas delicadas supone un precedente muy grave.
Es necesario recordar que el germen del fascismo tuvo su caldo de cultivo ideal en el malestar social y la disminución de la calidad de vida que siguieron a la famosa crisis de 1929, que en la gran mayoría de los países supuso una radicalización extrema de la política y el desprestigio de los sistemas democráticos.
La irrupción fulgurante de las ideologías totalitarias no fue en aquel entonces, y nunca ha sido, resultado de una serie de meras casualidades, pues cuando el estómago aprieta de poco consuelo nos sirve saber que podemos elegir a nuestros dirigentes, y es entonces cuando la propaganda y la demagogia se adueñan del discurso antidemocrático. Es ahora cuando conviene recordarlo, pues las ideologías extremistas están cobrando cada vez más fuerza en todo el continente europeo.
En Finlandia, el partido ultraderechista de los Auténticos Finlandeses es socio clave del gobierno; y en Italia, la Lega Norte ha sido uno de los principales apoyos de Berlusconi. Gracias al desprestigio del mandatario conservador, en las últimas elecciones regionales el partido extremista ha llegado al 50% del voto en algunas comarcas del norte del país. Aún parece más negro el panorama en Francia, donde el Frente Nacional liderado por Marine Le Pen obtiene, a cada nueva encuesta, más apoyo por parte del electorado. Tras alcanzar el 15% del voto en la última consulta electoral, el partido xenófobo y antieuropeo se acerca cada vez más peligrosamente al partido gobernante, liderado por el presidente Nicolás Sarkozy, de cara a las elecciones presidenciales de 2012.
Como he dicho antes, este auge de los partidos extremistas no es casual, y responde a un hartazgo de la situación que vive la sociedad europea. Así pues, no es de extrañar que un factor común a estas formaciones políticas sea un fuerte componente antieuropeo, o más bien anti-Unión Europea, además del siempre demagógico racismo.
En Grecia, por el momento, la situación está tomando otra deriva, pero los graves disturbios del domingo muestran, de igual manera, una situación que cada vez se hace más inestable, y es de esperar que las protestas puedan subir de tono. De momento, los impotentes ciudadanos griegos han incendiado y destruido medio centenar de edificios, y no resulta difícil imaginar de qué manera puede agravarse la situación.
Hace 2.400 años Demócrito dijo: “la pobreza en una democracia es preferible al bienestar en una tiranía, en la misma medida en que la libertad lo es a la esclavitud". Lo que está por ver es si los griegos de hoy en día piensan lo mismo.
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